Los raritos de antes.

Los veías por ahí, transitando de un lado a otro de la casa, de un lado a otro del jardín, de un lado a otro de la plaza. Repitiendo sus sonidos, esos que ya todo mundo conocía y se volvían ruido blanco. Los veías probando flores, machacando tierra con los pies descalzos, saltando charcos mientras la lluvia jugaba con ellos sobre su piel desnuda.

Los raritos de antes no soportaban el encierro de la escuela, su barullo, su bla bla bla. Se escapaban o no entraban; se entretenían en el bosque con el vuelo de los pájaros, el perro persiguiendo las gallinas, la señora recogiendo la cosecha.

Para los vecinos ya eran habituales visitantes. Algunos eran cordiales, otros no soportaban sus rarezas y preferían espantarlos antes de verlos hacer una travesura por la que nadie respondería. Crecían entre la gente del pueblo, ayudaban si se les pedía, si no los pillaban distraídos e ignoraban el sonido de su nombre.

Crecían. Imitaban a otros que se asemejaban al ellos mismos frente al espejo. Si había que bailar, bailaban; si oían cantar, cantaban; si las risas atronaban un lugar, ellos reían fuerte así no supieran el motivo, ignoraban muchas veces que ellos eran la razón.

Pero a vicios, licor, opio, hierbas raras, a eso no le seguían el paso. No eran tontos. Sabían qué hacía daño y qué casi mataba;  observaban a los perdidos quedar en cualquier esquina desmayados, despojados de su poca dignidad y dinero.

Preferían aprender del mundo, de la didáctica de las cosas, de la filosofía de los viejos, de las historias en los caminos. Algunos pintaban en buhardillas improvisadas o se convertían en los mejores ayudantes del panadero o escribían trovas que otros declamaban en ausencia de la voz de su autor a quien no le importaba ceder los derechos.

Sus rostros eran hermosos, los raritos de antes tenían la gracia esculpida por la inocencia y se hacían hombres en una libertad reclamada que nadie se atrevía a amarrar. Sus desordenadas cabelleras eran un rasgo de indomabilidad, su mirada rompía glaciares de indiferencia y a veces se permitían el privilegio de enamorarse, aunque del otro lado les respondiera el silencio.

Los raritos de antes no tuvieron nombre, no se les llamó diferente a locos o tontos. Siglos después tantos nombres sortearon y ellos siguieron en el mundo siendo cada vez menos aceptados, amarraron su libertad, cortaron sus cabellos e hicieron que cada vez su mirada fuera más esquiva.

Los hombres de bata blanca, los que anotaban en libretas mientras juzgaban detrás de sus lentes que les daban nivel a sus aciertos y desaciertos, dijeron “están en su mundo”. Claro! Tuvieron que crear su propio espacio cuando los extrajeron de su natural lugar donde eran relativamente felices, libres, soñadores y ahora, los raritos de antes solo eran algo que alguien decidió llamar … autistas.

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4 comentarios en “Los raritos de antes.

  1. Isabel

    En casa, durante la primaria, nos implicamos en la escuela. Montábamos fines de semana con otros padres para ayudarle a socializar… Aunque no teníamos diagnóstico, lo intuiamos. En sus cumpleaños no sólo invitabamos a los compañeros, sino a los otros padres… Así, de esa manera conseguíamos un quòrum de 8 o 10 niños. Al pasar a la secundaria… Se acabaron las fiestas de cumpleaños, y pasaron a ser comidas con la familia. Ahora en la universidad, ya tiene sus herramientas… Pero como padres, desconocemos la realidad. Habla de compañeros de clase y compañeros en otras carreras, pero no conocemos a eliz y eso es lo que importa. Desde casa le apoyamos siempre en todo lo que necesita. El sabe que nos tiene ahí para lo que necesite. El mundo tiene mucha suerte que haya gente como ellos.

    1. Carmen

      Pues llevándolo a donde él sea feliz, donde encuentre su esencia, donde lo veas disfrutar: el bosque, el mar, la arena de la playa, la hierba en sus pies,.., y sientas el «gracias» en su mirada infinita. ¡Allí es donde debes llevarlo a celebrar! 😌

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