El silencio del Popocatépetl: Una historia sobre vencer el miedo y romper el silencio.

Cada persona vive el autismo de forma única. El lugar donde crece, las personas que le rodean,  las sensaciones que se graban en sus sentidos para siempre, los ángeles inesperados que cambian historias para bien…

Hoy 2 de abril quiero compartir con ustedes una historia de ternura, de fortaleza, de poder y porqué no, de magia alrededor del mítico volcán Popocatépetl. Es una historia diferente con un final como a todos nos gusta: FELIZ. Gracias a la autora (Gracias Tere) por permitirme compartirlo, por confiarme sus palabras.

El silencio del Popocatépetl

Autora: Tere Acosta.

Crecí entre los tonos azules de talavera, los aromas de dulces mezclados con el perfume a nardos y gardenias que cultivaba mi abuela Leo, en un bello pueblo, a las faldas del volcán Popocatépetl. Mi familia orgullosamente poseía la receta ancestral de los Chiles en nogada, rellenos de frutas cultivadas en nuestra tierra: peras, manzanas, granadas y por supuesto la nuez de nogal.

Me contó mi abuela, al son de sus cantos mientras cocinaba y mezclaba los ingredientes, molía las semillas y los chiles en el enorme metate de piedra que más tarde vendería en el mercado de Cholula entre los turistas, que nací con la enfermedad del silencio y del miedo. Desde recién nacida nada me consolaba, ni los arrullos de mamá, ni los cantos de la abuela. Los médicos del pueblo nunca habían conocido a una niña que llorara tan fuerte como yo, y se golpeara en la cabeza sin razón. Pensaron que era retrasada porque no aprendía como otras niñas, ni me interesaba jugar o sonreír. Pasaba horas meciéndome en el viejo sillón del abuelo, como hipnotizada viendo al volcán, tal vez admirando los diferentes colores del cielo, según la hora y la estación del año. Cualquier cambio en la rutina de comida, o de alguien extraño de visita me alteraba y provocaba un llanto espantoso que se podía escuchar aún a varias cuadras de nuestra vivienda.

Muchos años de mi vida transcurrieron en la cocina, enredada en el rebozo de la abuela Leo, absolutamente impregnado en los olores de cacahuate de sus dulces y la vainilla de su tierra natal, Papantla. Preparaba los tradicionales macarrones, pepitoria, alegrías, palanquetas, camotes y muéganos, decía que al juntar los ingredientes era como si la familia se abrazara y permaneciera unida por siempre. Era una completa coherencia entre sus su acción de cocinar las recetas heredadas por generaciones, sus palabras y el deseo de toda la familia de abrazarme. Imposible para mí, tolerar el contacto de mis seres queridos en aquellos días de la infancia.
La curandera del lugar fue a verme, a ver si con hierbas podía lograr ahuyentarme el miedo, interesarme en algo, o en alguien y sobretodo hacerme hablar. Todo fue en vano, ni los tés, ni las barridas con huevo rojo, creencias ancestrales y cánticos rituales lograron un cambio en mí.
Mi madre y mi abuela me llevaron a otro pueblo, arriba de la sierra con otra curandera, más vieja y sabia, esperanzadas a que aliviara mis males. Después de observarme por varios minutos y tocar mi cabeza por todos lados con suavidad, diagnosticó que había nacido con la enfermedad del silencio y del miedo probablemente heredados de algún ancestro que guardó secretos de vivencias que le provocaron miedo, ira o falta de amor. Era muy difícil que se me quitara el miedo a la vida, y por tanto no aprendería a hablar nunca, viviría en el más absoluto silencio. Lo único que tal vez podría ayudar era encontrar el secreto, perdonar los males y transformarlos en verdadero amor hacia los demás. Bajamos la sierra sintiendo el frío del atardecer. Las lágrimas de mi madre y mi abuela se confundían con las gotas de la lluvia. ¿Sabrían ellas el secreto?

Mis recuerdos de esos tiempos son difusos. A pesar de estar absorta en mi misma, sin interesarme en los demás, si podía entender bastante lo que mi familia hablaba. Me concentraba en lo que veía, lo que sentía, lo que olía, los sonidos cotidianos, cualquier percepción diferente me causaba un miedo terrible que me provocaba gritar, llorar, golpearme .No podía hablar. No soportaba el contacto físico de mi familia. De esa manera expresaba mis temores a lo diferente, a lo que no comprendía.

Un día la vida cambió por completo. Era como el despertar de un estadío de coma, donde me era posible ver y escuchar, pero no podía decir y hacer. Me sentía perdida en un lugar desconocido, donde no hablaban mi idioma. Lo vi triste, solo, enroscado, como deseando pasar desapercibido, amarrado con una cadena, inmóvil y recibiendo las gotas de humedad que resbalaban del techo .Lo que aumentaba aún más su sufrimiento. Lo vi, y me vi a mi misma. Su soledad, su imposibilidad de expresar su sentir. Aún con miedo lo toqué, y sentí su mirada sobre mí. Lo abracé, se dejó abrazar .Su pelo era tan suave, tan cálido, lo toqué y él lo permitió. Disfrutaba por primera vez la sensación de abrazar y ser abrazada por otro ser vivo.Sentí lágrimas rodando sobre mis mejillas.
Mi tía lo había recogido, no le gustaban los perros. Hubieron de pasar cinco visitas a la casa de mi tía, antes de que mis padres se percatarán de que me escapaba a estar con Nerón cada vez que íbamos de visita. Al oírlos decir que lo iban a regalar, por primera vez en toda mi vida sentí la necesidad de hablar… de gritar…”No”..hablé, grité, HABLÉ.
Mi madre se dio cuenta de la necesidad de tener a Nerón cerca de mí, la vi llorar. Iniciamos una nueva vida, tenía en esos días seis años ya. Papá no lo quería, pero él se lo ganó, entendió que el perro era necesario para mi integración al mundo.
Aprendí a saltar la cuerda, a jugar con mis hermanos, a ser sociable. Dormíamos juntos en la cocina, entre los aromas a dulces de mi abuela, que seguía instruyéndome en sus artes culinarias y sus consejos de vida, herencia de sus bisabuelas y tatarabuelas, usando muchos refranes, para darme muchas palabras y ponerme a pensar, sentía que así me preparaba para la vida. Nerón era mi compañero dentro y fuera de casa, en la calle, en la escuela. Era mi traductor en mi viaje a ese país antes extranjero. Recuerdo mi niñez a partir de Nerón con alegría, sin miedo a los cambios, porque sabía que él estaba conmigo.
Años después, cuando Nerón murió, mi familia pensaba que tendría un retroceso. No ocurrió así; había aprendido a amar la vida, a amar a mi familia y todo lo que me rodeaba. Lo enterramos en el patio, a la sombra de un naranjo, entre los nardos y las gardenias, que con tanto amor cultivaba mi abuela, junto a todos los árboles frutales, la materia prima de los Chiles en nogada, como deseando que en su viaje al más allá, percibiera los aromas con los que vivió.
Ahora soy parlanchina, quiero recompensar a mi mami y a mi abue por los días en los que no hablé. Las abrazo por los días que no hice, siendo una niña, siguiendo sus consejos de permanecer unidas física y espiritualmente, como sus dulces de cacahuate. Conservo y cocino la receta tradicional de los Chiles en nogada y los dulces mexicanos como una forma amorosa de honrar a mis ancestros, de perpetuar el amor a la familia y a las tradiciones.
Sólo sé que mi enfermedad del silencio y el miedo desaparecieron, con el amor de mi familia, por la sabiduría y la intuición de las mujeres que a través de su crianza, me transmitieron todo el amor del que fueron capaces, creyendo en mi mejoría y nunca se dieron por vencidos ante mis conductas evasivas hacia el mundo.
Cuando deseo recordar a Nerón, lo buscó en el cielo azul talavera, encuentro su silueta dibujada en las nubes, y en las noches sueño que juega feliz, veo sus ojos brillar como estrellas, aún entre la niebla del volcán. Dicen que a veces se escucha el eco de risas de niños jugando .Ya no hay silencio en el Popocatépetl.
El silencio del Popocatépetl es una historia real de una niña que nació con autismo y se recuperó con el amor y el apoyo de su familia, que la ayudaron siempre a conectarse al mundo y la compañía y gratitud de su perro Nerón. Hoy Templelina se desempeña profesionalmente como maestra de Matemáticas. Algunos detalles han sido cambiados para proteger la identidad del personaje.

TERE ACOSTA Fotografía@Ernesto Gonzalez Hernandez

Anuncios

El Amor de la Lluvia y el Sol.

12_Lluvia_sol
Ilustración: Brenda Figueroa

Cuento a la Vista es un blog de esos que encuentras no por casualidad,  este lo estaba buscando.  Sus cuentos son encantadores y singulares,  además las ilustraciones muy bonitas pueden ser coloreadas por los pequeños.  Comparto uno de los cuentos para que se antojen de leer otros más del blog que tiene otras cositas más.

El Amor de la Lluvia y el Sol.

Hubo un tiempo en que no existían estaciones. No había florida primavera, ni verano abrasador, ni otoño nostálgico e invierno helador. Los árboles mezclaban sus flores con sus frutos, sus hojas amarillas con sus desnudas ramas y en un mismo día podía llover y helar, hacer un frío que pelaba o el más agotador de los calores.

Por aquella época andaban todos un poco locos con tanto cambio de tiempo. Los caracoles sacaban sus cuernos al sol para sentir en seguida la lluvia sobre sus caparazones espirales. Los osos se iban a dormir cuando hacía frío y antes de que hubieran conciliado el sueño ya estaban muertos de calor en lo más profundo de su cueva. Todos andaban despistados pero como no había normas vivían felices en el caos más absoluto.

También el sol y la lluvia andaban despistados, concentrados en algo mucho más importante que el tiempo, los animales o los árboles: el amor. Y es que el sol y la lluvia, en aquella época loca en la que no existían las estaciones, se habían enamorado. Y como aquel tiempo era un tiempo de principios y de primeras cosas, el amor entre el sol y la lluvia era nuevo, intenso y desbordante.

Al principio se encontraban en los amaneceres, cuando todos dormían aún. Durante algunos minutos el sol brillaba con fuerza y la lluvia llenaba de agua las hojas y los campos. Con el tiempo los amantes sintieron más y más necesidad de estar juntos. De los amaneceres pasaron a las mañanas y de las mañanas llegaron a los mediodías y las tardes.

Pero en aquel caos de mundo donde no había estaciones, a nadie le sorprendió que lloviera y saliera el sol al mismo tiempo, al fin y al cabo, aquel era un mundo sin normas y todo estaba permitido.

Sin embargo, un día los amantes llegaron demasiado lejos. Enamorados como estaban las horas juntos se les pasaban en un instante, les sabían a poco. Por eso aquella tarde cuando el sol se preparaba para el atardecer, para desaparecer hasta la mañana siguiente, la lluvia sintió el deseo de tenerle un rato más a su lado.

– ¡No puedes irte tan pronto! Quédate conmigo un par de horas más.

Y el sol, conmovido por la dulzura de la lluvia no pudo negarse. Aquel día atardeció dos horas más tarde pero nadie dijo nada: en aquel mundo sin normas todo estaba permitido.

Al día siguiente, fue el sol el que se sintió tentado a aparecer antes en el cielo y estar más rato con su querida lluvia.

– Nadie lo notará. Al fin y al cabo la noche es oscura y a nadie le gusta.

Y el amanecer, en aquella ocasión, comenzó mucho más pronto que nunca. Pero nadie dijo nada: en aquel mundo sin normas todo estaba permitido.

Día tras día, los amantes arañaban horas a la noche hasta que esta desapareció del mundo. Aquello provocó el mayor caos que se había visto jamás en aquel mundo de caos. Los animales no conseguían dormir, la tierra estaba inundada, las flores se morían de calor con tanto sol. Eso por no hablar de que la luna y las estrellas se habían quedado sin trabajo. Muy enfadada, la luna comenzó a pedir explicaciones a todos los seres que vivían en el planeta.

– ¿Se puede saber quien ha organizado semejante lío? Sin noche no hace falta luna, ni estrellas, ¿a dónde se supone que debo marcharme yo ahora? – gruñía irritada en lo más alto del cielo.

Y tras mucho preguntar y mucho investigar, la luna se enteró del romance que mantenían el sol y la lluvia y de como este amor desbordado le había robado la noche. Muy enfadada les sorprendió una noche que no era noche sino día:

– ¿No os da vergüenza haber dejado al mundo entero sin noche? – les gritó indignada.

– Pero esto es un mundo sin normas y aquí todo está permitido – exclamó orgulloso el sol.

– Claro que sí, siempre que lo que hagamos no moleste a los demás. Y vuestras aventuras nocturnas perturban a los animales que no pueden dormir, aturullan a los árboles y a las flores con tanta agua y tanto calor. Además, ¿qué hay de las estrellas y de mí misma? ¿Qué haremos sin noche? ¿os habéis parado a pensar un solo segundo qué será de nosotras?

La lluvia y el sol bajaron la cabeza avergonzados. Claro que no habían pensado en eso. Ellos solo tenían pensamientos para su amor y sus sentimientos y todo lo demás no importaba. Pero aquello tenía que cambiar.

Y vaya si cambió. La luna bien se encargó de ello y condenó a los amantes a terminar con aquellos encuentros. Desde aquel momento, a la lluvia siempre le acompañó un cielo gris y triste. El sol, por su parte, dejó de viajar con las nubes. Si estas aparecían era para hacerle sombra, pero nunca para traerle la lluvia, como hacían antes.

Fue una época triste aquella. Eso a pesar de que nacieron las estaciones y los animales y las plantas dejaron de volverse locos con tanto cambio de tiempo. Sin embargo, todos se sentían un poco culpables por el sol y la lluvia, separados para siempre.

– Algo hay que hacer. Es demasiado cruel con la lluvia y el sol.

Y tanto insistieron, que la luna acabó por ceder.

– Podréis reuniros muy de vez en cuando, y siempre en periodos cortos. Pero a cambio, en cada encuentro, tendréis que darnos algo tan bello como vuestro amor.

La lluvia y el sol aceptaron. Volvieron sus encuentros, volvió el mundo a ser alegre. La lluvia y el sol también cumplieron con su promesa.

Crearon algo tan bello como su amor: el arco iris.

Autora: María Bautista

Ilustración:  Brenda Figueroa