El día que Gabriel García Márquez conoció a un niño con autismo.

En los nueve años que serví café en El Automático, don Gabriel siempre había encontrado su mesa en la ventana que da a la Avenida Jiménez. Le gustaba mirar a la gente. Los hombres con sus paraguas y portafolios rumbo a los juzgados enfilados por un andén tan estrecho que obligaba a la caballerosidad de ceder el paso en contravía a las damas o a la contienda que le sacaba risas entre dos machos territoriales.

No era que tuviera horario, se ajustaba a la provocada casualidad de encontrarse con sus compañeros de conversación: don León, don Alberto o el maestro Mutis. El café cerrero y la charla a creciente volumen le daban calidez al antiguo local. Don Gabriel trabajaba a unas cuadras en El Espectador, haciendo sus crónicas que luego discutían en las mesas como si quien las escribió no estuviese allí sentado.

A veces la casualidad no se daba y los minutos transcurrían para el periodista en una solitaria contemplación. Tomaba notas, tarareaba una que otra canción de la rockola y si se le antojaba le echaba una moneda a la eficiente máquina escogiendo, como hoy, Frivolidad y retornando a su mesa para seguir en su ejercicio de pacífica observación.

En una de esas estadías solitarias, mientras tomaba ávidas notas y café, su concentración fue interrumpida por un pequeño que se metió debajo de la mesa, serpenteó por entre sus piernas, desató sus zapatos y asomó su cabeza entre las dos sillas, eso en cuestión de segundos.

Don Gabriel, más sorprendido que molesto, miró a todos lados como buscando a la propietaria del entrometido y travieso pelao (como le dicen en su natal Aracataca a los niños). Algo le dijo que no alcancé a escuchar y que tampoco el pequeño se propuso atender. No fue grosero. No se enojó. Lo siguió con sus entrenados ojos, lo vio perderse detrás del mostrador y escapar por las escaleras de caracol que daban al salón de té.

Acomodándose de nuevo en la silla y retornando el bolígrafo a la libreta, garabateó un poco más antes de sentir el retorno del chiquillo invasor. Esta vez ese puñadito de pelos negros ensortijados, ojos grandes evasivos y saludable apariencia, comenzó a escenificarle una danza como de indiecitos: agitaba sus manos rápidamente a la altura de su carita y daba saltitos de puntitas mientras emitía un coro ininteligible sin fin.

Su cara de sorpresa se transformó en una de gracia acompañada por una carcajada que a juicio de quien no conociera al escritor pensaría que era burla, siendo más un regocijo inesperado confirmándose en una conversación sin retorno:

—¿Estás contento pelao? ¡¡Qué baile más carnavalesco, deberías echarte tus pasos en Barraqnuilla, tas listo pal carnaval!!… ¿Cómo te llamas?

No objetó aquel silencio, antes, sacó de su bolsillo una perinola que puso a girar en la mesa pensando en atraer la atención de la agitada criatura. El niño se acercó y olisqueó a don Gabriel un buen rato hasta que el golpe de la perinola sobre la mesa interrumpió el extraño ritual.

Ninguna palabra fue necesaria para que nuestro ilustre cliente echara de nuevo la perinola a girar, bastó la mirada del niño. Ambos se quedaron viéndola hasta la interrupción de golpeteos en la vidriera:

«Don Gabriel, que lo busca don Fidel al teléfono!», gritaba Eliseo el mensajero de El Espectador. Y en un retorno brusco al mundo real de murmullos, tazas en el fregadero y el vapor escapando de la máquina de expreso, el escritor tomó su mochila guajira, guardó su libreta, el diario y su cajetilla de cigarros (la primera de las cuatro que acostumbraba fumar a diario). La perinola seguía girando como si el tiempo allá junto al niño siguiera sin la interrupción.

Esperó a que se detuviera el ya errático giro del objeto y un suspiro de ambos antecedió a la despedida o al «hastaluego».

«Ve pues, busca a tu mamá, otro día me enseñas a bailar como tú a ver si se me revive la curiosidad y la contentura», mientras le entregaba la perinola al ya sereno pequeño que lo siguió con su mirada hasta que lo vio despedirse cruzando el estrecho andén.

No solía llevar a Felix a El Automático, no era un lugar para un niño como él, pero no quería dejarlo encerrado cuando a pesar de su condición mental (que más tarde llamaron autismo) le encantaba estar rodeado de personas, y justo ese día mi sobrina no podía cuidarlo. Me alegra esa eventualidad que le permitió a don Gabriel conocer a mi hijo, y a Felix, conocer a alguien que no lo alejara como una molestia o un ser raro.

Ese día no quise intervenir, sabía que el escritor era una persona diferente y yo siempre guardaba esperanza en esas personas como él. Lo supe una tarde cuando lo escuché decirle al maestro De Greiff la frase que luego llevaría a su libro «me gustan las personas raras, esas que bailan con la vida sin importarles quien los esté mirando, esas que se ríen de sí mismos con tal de sacarte una sonrisa».

Años después lo vimos en la televisión recibiendo el Nobel y pensé en el honor que fue ese momento efímero y deseé con todo mi ser que un día ese pequeñito travieso que le desató los zapatos inspirara una de sus tantas historias. Seguro que sí, pero ¿cómo saberlo?

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3 comentarios en “El día que Gabriel García Márquez conoció a un niño con autismo.

  1. Qué chulo. De nuevo publicaste otro texto bien bonito.
    Me quedan muchas preguntas pero esta vez me las voy a callar.
    No quiero ser el mismo pesado ( que parece obsesionado ) de siempre con sus hombligueros comentarios o sus preguntas cansinas.
    Me voy a guardar las preguntas … no.
    Mejor las voy a cambiar por imaginarias respuestas y así amplío en boca el sabor de tu historia.
    Solo queda inclinarse con respeto y … 👏👏👏👏👏

    1. angelaco

      F e r m i n … si no me preguntas voy a estar toda la semana pensando no solo qué querías saber, sino por qué no lo preguntas. Anda! suelta las preguntas, que soy buena para responder.

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