Crónica de un autista. “Feliz” 2 de abril.

Las semanas de Marcos comienzan el domingo, no el lunes como las semanas de todos los demás. Ha arrancado no muy bien; lo visitó su hermana para saber qué tal iba con su nueva vida fuera de casa, le trajo algunas verduras, manzanas y bananas, de lo contrario terminaría comiendo arroz y salchichas cada día, cada comida. Su sobrino saltó sobre las sillas, arrojó los cojines por todo el lugar y dejó las huellas de sus deditos sobre el ventanal como sombras que el sol agigantaba sobre el suelo.  

El lunes sería el veinticincoavo día trabajando en la recepción de la academia de artes. Y le encantaba! Pero le está costando lidiar con la agenda de cada maestro que nunca permanecía conforme al orden del día, sobre todo de la maestra Hoshi de dibujo japonés, se suponía que los japoneses eran tan puntuales como el reloj atómico, pero no, ella siempre cambiaba hora y salón. Nunca avisaba, como ese día que llegó treinta y dos minutos tarde.

El martes, en un impulso no se sabe si valeroso o torpe, se dirigió a la maestra Hoshi a su salida y le preguntó si habría algún cambio para el miércoles. La maestra lo ignoró la primera vez, pero la segunda respondió a lo que parecía más un reclamo que una aclaración. No fue amable y le amenazó con reportarlo al director. Esa noche Marcos no durmió.

El miércoles notó como sus estereotipias se ponían imposibles. Agitaba una mano frente a sus ojos, luego la otra, luego las dos, pequeños saltos en la cocina mientras calentaba su desayuno de arroz con salchicha. En el autobús no supo desde qué momento estaba emitiendo su coro gutural que asemejaba a un ventilador. La mirada de su compañera de silla le hizo detenerse por completo. Sonrojado descendió seis paradas antes. Al llegar observó a la maestra Hoshi en la oficina del director. Pasó todo el día esperando que le llamaran para la eventual amonestación. No sucedió.  Esa noche Marcos tampoco durmió.

La mañana del jueves dos mensajes en su teléfono: el de su terapeuta para la sesión de las seis de la tarde y el de su jefe pidiendo que se quedara después de las cinco  para comentarle acerca de un hecho que debería corregirse. Sintió que su estómago se revolvía, sus piernas temblaban con cada pequeño salto que se elongaba casi hasta tocar el techo, sus manos temblaban y sus latidos parecían hacer vibrar las ventanas. Llamó a su terapeuta para avisarle del imprevisto, pensaba “justo cuando quería hablarle de la maestra Hoshi”. Nadie contestó. Le envió un mensaje de voz que fijó al octavo intento. Su ansiedad le empezaba a preocupar.

Llegó a la academia caminando, no soportaría estar dentro de un bus, los pasajeros y sus miradas incesantes que parecía lo atravesaban, el atasco, los motores, el ruido, el ruido! Once minutos tarde y la burlona sonrisa de la maestra Hoshi lo recibió como una premonitoria bienvenida o … quizá despedida? Fue directo al baño y vomitó, sintió alivio, lloró un poco, lavó su cara, miró su teléfono, solo un mensaje de su hermana “Marcos, no olvides la cita con la doctora y cuéntale lo de tu nuevo ritual”.

Karesia, la maestra de danza árabe se le acercó al medio día y le alborotó su pelo como cada jueves “¿Cuándo te animas a aprender a bailar?” Por un momento pensó en consultarle qué hacer. Al fin de al cabo era la única persona confiable dentro de una multitud que iba y venía. Cuando terminó su parloteo mental, ella ya iba lejos de la mano de su esposo. ¿Algún día tendré familia? ¿Seré un desastre?¿ Podré cuidar de mi esposa? Mis hijos… ¿tendré hijos? STOP!  

Entre no  poder avisar a su terapeuta que no llegaría a la cita y la espera angustiosa por el director que a las cuatro aún no aparecía, olvidó almorzar, olvidó tomar su pastilla atontadora, olvidó todo lo sucedido o no en las últimas dos horas. Quizá se quedó paralizado mirando un punto y el tiempo transcurrió, quizá solo funcionó en automático, quizá solo vivía una pesadilla.

Faltando diez minutos para las cinco el director junto con “hecho que debía corregirse” no aparecía. Su terapeuta tampoco le respondía. Suelen ser cosas de gente normal, pensó. Mientras todos iban saliendo, detuvo a Karesia y le preguntó si sabría del director. “Ya no llegó Marcos, vete a casa”.

Claro que pensó en llamarlo. Pero no lo hizo. “No me llames a menos que se esté incendiando la academia”. Directiva inquebrantable. No sumaría otro hecho a corregirse.

Recordó la instrucción de su terapeuta: aprende a tomar decisiones tú solo y asume las consecuencias, buenas o malas.

Marcos tomó la decisión y asumiría las consecuencias. Salió de la academia dejando una nota al director y corrió como sus pies se lo permitieron por toda la avenida rumbo al consultorio. Su teléfono sonó… “Te dije que me esperaras después del trabajo Marcos. Es imperativo que hablemos”

A mitad de camino más lejos de la academia que del consultorio sintió su mundo colapsar. Mordió sus nudillos, golpeó su cabeza con su puños una y otra vez, sus ruidos guturales se hicieron sonoros para la multitud que salía de las oficinas y las fabricas. Caminó tres pasos hacia el consultorio, tres pasos hacia la academia, saltó tan alto como pudo en una danza que empezaba a divertir al inapropiado público.. “loco” “está drogado” “¿Qué le pasa?” “No te acerques, se ve peligroso” “alguien llame a la policía” risas… miradas… murmullos.

Gritó por los cuatro días que no lo había podido hacer. Gritó por ese mundo que hacía lo que le daba la gana. Gritó por miedo, por rabia, por sentirse estúpido, por no ser cómo los demás. Gritó por los veinte años que llevaba a cuestas su autismo. Gritó sintiéndose solo.

Karesia levantó a Marcos del suelo tomándolo de su brazo. Le acomodó su sueter, ató una de sus zapatillas y puso sobre sus temblorosos hombros el maletín más pesado que había sostenido. Su mirada de mujer mediterránea fue suficiente para disipar a la muchedumbre.

Una patrulla pasó lentamente observándolos. Karesia les hizo una señal tranquilizadora, se acercó al  agente y le demostró que podía encargarse. El policía ofreció llamar una ambulancia para llevarlo al hospital. Karesia le repitió que podía encargarse y agradeció al agente  el interés (peligroso).

“Te dije que te fueras a casa,  a veces es mejor escapar del mundo que enfrentarlo siempre, vaya! Qué mierda es ser diferente verdad?”

Marcos miró a Karesia con el agradecimiento de alguien que fue rescatado del fin del mundo.

“Ya no llores Marcos, que yo ya estoy llorando por los dos”

Marcos repetía en un soliloquio imparable: “hoy es jueves, mañana viernes, quiero que sea sábado de Batman, me pondré la máscara”

Ambos se sumergieron entre las calles y los edificios, mientras la maestra Hoshi, observadora oculta detrás de la estación, trataba de no percibirse como uno más de los crueles fisgones y no sentir que al final había sido tan cruel como cualquiera de ellos.

Nota: Cada dos de abril se iluminan los edificios de azul, el Secretario de la ONU pronuncia un discurso estándar y la totalidad de las organizaciones a nivel mundial visibilizan el autismo a través de conferencias y manifiestos. La mayoría de personas con la condición no se sienten representadas, tanto como para elevar sus voces oponiéndose a una celebración que muchas veces resulta excluyente dejando al margen realidades ocultas, minimizadas, ignoradas.

7 comentarios en “Crónica de un autista. “Feliz” 2 de abril.

  1. Casi me saltan unas lágrimas. ¿De dónde sacaste esto? ¿Es tuyo? Está muy bien.
    No sabría decir cómo lo he he vivido, cuántas cosas de estas también he vivido. Quizá más desapercibido, mejor disimulado o no tanto como imaginaba porque cada día nos pone a prueba.
    No sé qué les parece a los demás, pero ya el momento de la carrera y la llamada del director … esa situación que bloquea, es un cortocircuito … las normas que hay que cumplir, tan difíciles, incomprensibles.
    Ayer tuve otro mal día. Otra vez quise prevenirlo todo: reforma en el cuarto de baño. Yo no quiero cambios pero ella sí. No pensar en ello es imposible. Dejar cosas al libre albedrío de los demás me resulta un error gravísimo. Cambiar todas mis rutinas lo más horrible. En silencio, porque no tengo derecho. Pero no pude evitarlo. Me dije “SSsssss no lo digas, no empieces que se va a cabrear.” pero no pude evitarlo.
    -¿Sabes que el proveedor de los materiales va a dejarlo todo en la calle?
    -¡¿Cómo van a hacer eso, hombre?!
    -Lo pone en el presupuesto.
    -Bueno, pues se sube a casa y ya está, el vecino lo hizo así y no pasó nada.
    -Pero … ¿y si luego el que hace la reforma dice que faltan cosas?, ¿o rompemos el cristal de la mampara?, ¿o algo se sale de lo previsto? Al ser diferentes personas tendrás que hacer de intermediaria o pagar todo lo que pidan.
    -¿Qué me estás diciendo ahora? ¡ya habíamos decidido hacerlo así! – ahí, al cambiar el tono y mirarme fijamente me di cuenta del error. Otra vez mi pesimismo, mis miedos al exponente 99 me condujeron a una bronca que mi “directora” me hizo caer con todo su peso. Con todos los detalles, recordándome cada una de las veces de los últimos meses que he hecho estas cosas, que la he aburrido, cansado, mareado, dejado de ayudar, de apoyar … — ¡Es que contigo siempre es igual! ¡Todas las responsabilidades para mi! ¡Yo tengo que hacerlo todo! ¡Te quito todo lo que puedo para que estés tranquilo y tú no eres capaz de darme confianza una sola vez! ¡Me quitas las ganas de todo!

    Yo hacía rato que ya no hablaba. De nuevo metido dentro de mi manta, a toda presión mientras ella me miraba y decía todas las cosas y yo bajaba la cabeza, agobiado, sabiendo que me había vuelto a pasar de pelmazo. Le pedí perdón, dije que no podía evitarlo, que no me hiciera caso, que ya sabía cómo soy … etc. Cómo me gustaría morir y dejarla vivir tranquila los años que le queden. Qué asco ser así. Un vampiro que succiona hasta la más mínima ilusión. Un ladrón de paces en los espíritus ajenos. Una fuente inagotable de desdichas. Una porquería de hombre: ni viril, ni fuerte, ni fiable, ni alegre, ni pareja, ni amigo … ni amor tan siquiera. ¿Seré solo yo? ¿Será solo cosa mía? ¿Será por mi parte autista? Las normas escritas. ¿Será que yo mismo me he creído que con cumplir las normas era suficiente? ¿Dónde escribieron el resto de normas? ¿Dónde aprendieron a relacionarse entre ustedes “con normalidad”? ¿Cómo puede remediarse esto? ¿Es posible? y si lo es … ¿tendré ganas? no ¿tiempo? no ¿dinero? no ¿apoyo? no ¿será sencillo? no ¿duradero? no. Entonces … ¿qué hacer?

    La vida puede el más auténtico de los ascos y sin embargo no tengo ningún derecho a quejarme. De nada. Ningún derecho. Que tenga tanta suerte y no sepa apreciarla para nada es otro motivo más para odiarme.

    Solo me queda escupirle al cielo y tardaré poco en conocer su respuesta.

    1. angelaco

      “Fermin… Las relaciones de pareja no son sencillas pero para nada. Como es un tema de dos, donde ambos de alguna manera tienen responsabilidad y en algunos casos es difícil reconocer para el uno o para el otro quién debe ceder o exigir, todo se vuelve conflicto. Ni siquiera la normalidad ayuda en ello, creo que los normales (y me atrevo a no incluirme allí) son más complejos que los autistas. La mayoría de las cosas las hacen personales, pierden el interés, se exasperan y al final el silencio y la ausencia llenan todo. Creo que ahora estás en una de esas etapas con ella y sería bueno que lo hablaran porque no toda la culpa recae sobre ti. No es bueno que la pareja manifieste su inconformidad así. Ambos la pasaran mal. No todo es tu culpa…

      1. Oh, gracias siempre. A Pedro Cadejo le puse una respuesta en “El huracán autismo” pero no apareció. Como la tenía en el portapapeles, cerré navegador, abrí, volví, pegué y envié de nuevo pero me contestó “Ese comentario ya ha sido enviado”
        Lo mismo puedes hacer algo… ¿¿??
        ¡¡ Saludos !!

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