Medicación y el miedo colateral.

pastillas

Es un hecho.  Si nuestros hijos no reciben intervención de calidad  tendremos entonces niños y adolescentes con algunas dificultades que como familia podemos presentir,  pues convivimos con ellos la mayor parte del tiempo.  Los psiquiatras ajenos a esa parte sensible y asertiva saben solucionar esas dificultades de la única manera “práctica” que lo haría un profesional de su área: la medicación.

Aquí ya se han liberado de la reserva ética y sí antes formulaban Risperdal (porque así estaba aprobado en EU) ahora es muy normal que se sumaran medicamentos antipsicóticos a la lista, ni siquiera probados con certeza de eficacia en pacientes con autismo. Ni siquiera aprobados por los estamentos vigilantes de los mismos. Lo único cierto es la serie de efectos colaterales informados por los médicos – cuando lo hacen – y que se encuentran muy bien detallados cuando investigamos a cerca de un medicamento.

Hace un par de semanas mi hijo estuvo en cita de psiquiatría.  Sitio nuevo,  doctora nueva y un tráfico que ponía los pelos de punta a cualquiera.  Como era de prever su estado de ánimo no fue el mejor,  estaba muy agitado y alterado. Y curiosamente ir al psiquiatra es algo que activa la ansiedad de Sebastián.

Le han recetado tres antipsicóticos bastante potentes.  Me han hecho firmar un documento donde asumo la responsabilidad de los efectos colaterales entre ellos:  daño metabólico,  problemas cardiacos,  daño hepático y renal. Pero bueno,  con qué fin la medicación? Para erradicar las estereotipias, mantenerlo quieto y más tranquilo. La intervención terapéutica no tendría el mismo efecto si se hubiese dado a tiempo? Pero es que adicionalmente sustentan la formulación en que se medica luego de agotar todos los recursos terapéuticos,  cosa que desde luego no es cierto en absoluto.

Tres medicamentos. Que además debo vigilar para aumentar o disminuir la dosis a mi parecer,  basada en el nivel de embotamiento o hiperactividad del paciente.  Cómo saber cuál debo disminuir o aumentar.  O cuál definitivamente no funciona y hace más daño que bien. Regular tres medicamentos simultáneamente es una tarea imposible.

Entonces hablé con otros padres que han medicado a sus hijos. Algunos han encontrado en la medicación el fin de su angustia.  Niños más quietos,  estables y atentos. El lado contrario dicen haber vivido una experiencia negativa que los llevó a suspender poco a poco la medicación debido al aumento incontrolable de peso,  taquicardía y letargo experimentado por sus hijos. Los primeros dicen sobrellevar muy bien los efectos colaterales.  Los segundos son activistas “antimedicación”.

Y creo que el miedo es el efecto colateral inevitable para algunos padres,  me incluyo.  Es una transacción riesgosa:  regular conductas y estado de ánimo vs afectar un organismo usualmente sano. No utilizar la medicación me hará un padre o madre negligente? ¿Le estaré quitando la posibilidad de ayudarlo a autorregularse? ¿es posible que los efectos sean irreversibles? e infinitas dudas más surgen teniendo esa fórmula en la mano donde aparecen impronunciables y larguísimos nombres.

Pero considero que el cuestionamiento más importante es sí hemos dado a nuestros hijos la intervención oportuna,  intensiva y de calidad que necesitan según su diagnóstico y su perfil.  Sí han sido expuestos a entornos enriquecedores o por el contrario su entorno potencia todas esas conductas disrruptivas e indeseables que los profesionales quieren regular químicamente.

Pero al rededor de la medicación hay muchos frentes presionando por el SI. Aquellas instituciones o colegios con personal precario que no tienen tiempo de atender una rabieta originada “quién sabe por qué”,  o  al no tener adecuaciones específicas prefieren niños o jóvenes quietos y obedientes que no generen mayores inconvenientes.

El sistema salud también presiona. Ha hecho de la medicación un protocolo automático y masivo,  una condición si quiere acceder a la intervención terapéutica,  eso sí no la pierde paradójicamente por la misma formulación (algunos medicamentos se formulan como alternativa a las terapias).

La solución se ve tan obvia. Intervención efectiva e individualizada,  personal de institución y colegios que además de formación tengan vocación y sentido común y desde luego entornos productivos que desarrollen capacidades, que no vean el autismo como un mundo de problemas o una excusa para no adquirir habilidades.

Por ahora solo busco caminos y si algún día decidimos que la medicación es uno de ellos lo tomaremos pero porque agotamos todas las opciones posibles y no existía de otra. Mientras, sigo siendo tercamente optimista exploradora de caminos.

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