Acerca de rabietas…y otras “malcrianzas”

imagesDe un tiempo para acá mi hijo ha presentado un evidente incremento en sus episodios de rabietas. Digamos que cumplió los quince y se complicó todo aún más,  sumado a muchos acontecimientos que desestabilizaron su entorno en el último año ah! y un nuevo colegio.  Es que tener autismo no es fácil,  todos los días soportar una carga sensorial abrumadora,  un mundo impredecible y además están obligados a ajustarse a las reglas sociales. Eso entre otras cosas se convierten en un detonante para que estalle una rabieta de la “nada”.

Una persona con autismo generalmente tiene problemas de comunicación y puede ser un desencadenante de las más inesperadas e inapropiadas conductas y si que tiene que ver el entorno donde se producen. Antes de empezar a cazar culpables.

Creo que una rabieta debe ponerse en contexto. No hay que tener una maestría para saber que si en la cotidianidad de una persona con autismo no hay estructura o predictibilidad o un sistema de comunicación facilitador habrá problemas y de manera repetitiva. Sin analizar una conducta disrruptiva no es viable aplicar intervenciones que pueden llegar a ser lesivas,  (contención,  inmovilización) que solo funcionan en el momento pero no van a la razón por la cual se produce y por lo tanto no logran dar solución a largo plazo. Ya lo había manifestado en otra entrada.

También es importante valorar las actividades. Si un alumno con T.E.A. entra al aula y le presentan una tarea que no conoce y las instrucciones no son las adecuadas,  sumado a no saber cuánto tiempo tendrá que estar sentado realizándola o qué actividad viene a continuación  la frustración hará su entrada y sí no se evalúan todos los elementos se asumirá erróneamente que es pereza o que caprichosamente no quiere hacerla. Con nuestros hijos que tienen una prodigiosa memoria asociativa cada vez que pasen la puerta del salón estallarán en rabieta. Y no solo las actividades complicadas los alteran,  las actividades desmotivantes,  poco exigentes también pueden desencadenar rabietas.

Ahora, no debemos ignorar el componente sensorial que caracteriza la mayoría de personas con autismo.  Particularmente considero que es uno de los principales catalizadores de las conductas disrruptivas.  Si luego de descartar una dolencia física (que no niego es importantísimo) continúan los episodios también valdría revisar que sentidos están sobreestimulados por el entorno,  el simple sonido del ventilador podría estar implicado en la conducta. Igualmente la pobre estimulación sensorial conlleva a autolesión repetitiva.

Últimamente cuando me hablan de las rabietas de mi hijo me dicen “es que está tratando de llamar la atención” CORRECTO!  Y si no se le facilitan otro tipo de medio para “llamar la atención” más apropiadamente seguiremos viéndolas.  La rabieta o la conducta desafiante para nuestros hijos es una herramienta poderosa para controlar su entorno y no necesariamente es consecuencia de una mala crianza.  El coletazo de las madres nevera le llamo yo.

Sucede que algunos profesionales relacionan las conductas disrruptivas con el modo en que los padres educamos refiriéndose a falta de dureza.  Puede ser válido para niños y jóvenes neurotípicos pero para personas con T.E.A. es una teoría no del todo cierta.  Creen que se trata de disciplina marcial,  si esto fuera cierto adaptar métodos militares sería la nueva terapia para el autismo:  Erradico conductas gritando y castigando sin importarme la causa. La sociedad suele juzgarnos duramente a los padres y creen que ser empáticos nos convierte en negligentes.  Recuerdo el día que mi hijo en el consultorio desató una de sus tormentas y para calmarlo le dije “sé que estás enojado, dilo con palabras,  estoy enojado” Una madre me observaba negativamente y me dice: “le faltó garrote a ese muchacho” (refiriéndose a que le faltó castigo físico). No alcancé a molestarme con el comentario porque escuché “estoy enojado!!” en la voz de mi hijo. “Ya vamos a casa” le dije.

La forma equivocada o no en que nuestros hijos con T.E.A se comunican nos obliga a ser más empáticos, a ponernos en su lugar, a entenderlos, a hacer un equipo de apoyo con un único fin ayudarles cada día a ser más felices y tranquilos,  más en esta etapa adolescente,  toda una montaña rusa.

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