Inclusión verdadera: Titánica labor.

Resumido en una imagen.

Se ha vuelto muy común hablar de inclusión e integración.  Los dos términos se usan como sinónimos de un “regalo” que la sociedad nos hace en su autoproclamada tolerancia. Pero resulta que dichos términos no son para nada iguales,  ni siquiera parecidos.  Integración (el más usado en mi país) le da nombre a hacer parte de algo, la inclusión va más allá,  es ser parte de algo.

Me explico.  Mi hijo,  con autismo,  estuvo integrado en un colegio regular,  en un salón con niños neurotípicos, algo así como sentado junto a ellos tratando de encajar, de “contagiarse” de normalidad.  La integración no tuvo éxito,  no funcionó pese a las buenas intenciones debido a la falta de apoyos específicos. Fue el alumno especial del salón al que había de tratarse con cuidado y excepcionalidad.

Francisco, un chico argentino de la misma edad de mi hijo y quien comparte diagnóstico está incluido en un colegio regular,  en un salón con niños neurotípicos, sentado con ellos,  un grupo que lo ayuda a ser parte de todas las actividades y  de ser necesario le “traducen” a su manera el entorno.  Francisco no es especial en su salón,  es un alumno más con una forma diferente de aprender,  eso lo sabe su maestra de apoyo y su grupo de amigos, amigos de verdad.

En Colombia la integración es la bandera de batalla de algunos colegios para obtener menciones de honor y una que otra subvención. Existen dos modelos básicos de lo que se denominaría integración: una institución educativa regular pero tiene un salón con alumnos con necesidades especiales quienes a veces “comparten” algunas actividades durante la jornada y luego vuelven a su aula especial. Y el otro modelo:  El de concesión.  En la mañana el colegio es para alumnos normales y en la tarde una vez finalizada la jornada regular,  se transforma en institución de educación especial.

Ninguno de los dos modelos es productivo. Ninguno de los dos modelos es incluyente. Subrayan,  aún sin querer, demasiado la diferencia y están ausentes de todo tipo de ayudas o apoyos requeridos para alumnos con necesidades especiales. Igualmente se saltan la importante concienciación de la comunidad educativa,  padres y alumnos en general,  razón por la cual encontramos maestros frustrados o indiferentes,  padres con prejuicios acerca de la discapacidad y bullying de sus compañeros.

Pero entonces cuál es el modelo más cercano al éxito del proceso? En un artículo escrito por Daniel Comín titulado Terapia,  Bienestar Social y Educación del Espectro del Autismo,  aborda el tema de la inclusión desde una perspectiva no solo educativa sino social.  “No es inclusión escolar lo que el niño con autismo necesita,  es inclusión social” afirma. Y es ciertísimo, la escuela no es el fin,  es el medio que ayudará al niño o joven a ser un adulto parte de la compleja sociedad.  De nada nos sirve un proyecto educativo integrador limitado al salón de clases y suspendido a los 18 años,  edad límite para estar en un colegio. Luego qué?

El autor expone tres áreas específicas y básicas para un proyecto inclusivo social donde lo educativo,  es uno de los bloques, los otros dos vienen a ser la terapia y atención temprana, y el Bienestar social y familiar.  Particularmente considero más importante la atención temprana a la que le agregaría “urgente”;  esa atención que aquí se proporciona luego de acudir a un tribunal donde no solo es lograr un fallo favorable en un tiempo no muy corto,  sino también mantenerlo y así la atención continua.

Pero hay un pequeñísimo problema: sin diagnóstico no hay fallo judicial.  Entonces,  si tenemos en cuenta que emitir un diagnóstico en nuestro precario sistema de salud puede tardar años,  tendremos niños comenzando terapias a los 7 u 8 años y con una intensidad menor a la necesaria.  Paralelamente el apoyo socio-familiar es inexistente.  Sin actividades socio culturales inclusivas o información correcta sobre autismo,  los padres podemos llegar a ser blanco fácil de mercaderes de milagros.  Yo lo llegué a ser. Lo digo en pasado porque aprendemos a golpes a aterrizar la realidad del incurable autismo.

Cuando mi hijo experimentó la inclusión.

Así las cosas creo que,  hablando de Latinoamérica,  específicamente Colombia,  no nos faltan recursos,  nos falta voluntad. Hablando con una amiga acerca de los recursos locales para la discapacidad me reveló (y en exclusiva!) que dichos dineros,  que no son nada despreciables, se emiten anualmente para cada localidad y por razones como el desconocimiento,  desinterés o negligencia terminan en lugares non sanctos. Igualmente proyectos incipientes terminan en eso,  solo proyectos,  a causa de la débil divulgación y convocatoria. Recuerdo uno. Equinoterapia a través de la red de salud pública,  me enteré de ello cuando el programa cerraba porque los padres no solicitaron su continuidad.

Para quela INCLUSION sea práctica los padres somos un poderoso motor. Las redes sociales una buena autopista para echar a andar.  No nos conformemos con el funcionario de turno que nos maltrata enla Secretaríade Educación,  o con el asistente del alcalde que nos hace llenar un formato que alimentará la caneca y mucho menos conformarnos con el modelo obsoleto de integración que nos obligan a aceptar porque no hay más.  Alejandro, Johan, Santiago,  Sebastián, necesitan inclusión total y productiva y para ello los padres tenemos que salir a dar la batalla y para eso hay que crear un ejército…

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