Esperanza en altas dosis.

Para quienes hemos recibido el diagnóstico creo que nunca será fácil olvidar ese día ni las palabras que acompañaron los resultados entregados por el profesional. Si hacía frío,  si era un día soleado, si llovía, si hacía mucho viento.  Ese día será inolvidable porque,  aunque muchos contaron con doctores que fueron delicados y humanos al lanzarnos tremenda bomba,  otros no lo fueron tanto y tomaron la línea “realista”. Aparte de dejarnos en el aire un término hasta ahora desconocido “autismo” nos dijeron que nuestros hijos si al caso lograrían hablar,  ni pensáramos en que leerían o escribirían y que borrásemos la idea de una vida funcional.

Hace unos días Sebastián,  en medio de todo el ajetreo por la remodelación de la casa, se levantó muy temprano,  entró a la cocina y encendió la estufa justo donde estaba el chocolate del desayuno;  relato esto basada en suposiciones porque yo llegué en el momento justo cuando servía el chocolate en su taza con un cuidado absoluto.  Pregunté a todo el mundo si alguien le colaboró con la estufa y más preocupados que soprendidos negaron haberse acercado a la cocina.  Quedé con la duda (madre escéptica vergonzosamente) y los siguientes días propicie la situación pero muy vigilante pude percatarme de todo el proceso desde que entró a la cocina hasta que tomó el pan y se sentó a la mesa.  Para mi eso es una vida funcional y un enorme “SI PUEDO”.

Soy de las madres que cuando su hijo deja ver un avance en cualquier aspecto lo cuenta a todo el que pueda,  me enorgullezco de las cosas más simples y obvias,  estoy atenta a  momentos que me demuestren como un ser con autismo puede rebasar cualquier muro.  Trato de mantener vivaz mi capacidad de asombro y mi sensibilidad a los detalles,  sin estos no podría disfrutar de esos logros gigantescos que todos los días me regala mi hijo.

En el camino nos encontraremos con Psiquiatras que nos califican como padres que no asumen la realidad o que no han superado una etapa del proceso,  con maestros que cuando se ven retados nos señalan como padres demasiado optimistas o con gobiernos que nos perciben igual a mosquitos molestos zumbando “inclusión” en todo momento; pero el arma más eficaz para combatir esas actitudes es la esperanza,  la certeza de más logros,  el no dejarse contagiar de pesimismo, ni de permitir absurdas comparaciones.

Creamos en nuestros hijos,  pensemos en lo increíble en lo imposible, que nadie le ponga límites a sus capacidades, que nadie se conforme.  Mejor que pequeñas e “inofensivas” dosis de medicación es una gran dosis de esperanza complementada con mucho mucho trabajo.

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