Cuestión de respeto.

medicoCreo que la mayoría de las consultas con especialistas,  llámense Neurólogos, psiquiatras,  psicólogos,  etc., donde nos hablan de diagnósticos,  posibilidades,  dificultades,  en general pocas cosas positivas,  tienen un factor común… nuestro hijo esta presente.  Allí sentados junto a su madre  y frente a un personaje de bata blanca con un tono de voz tan neutro que aburre están nuestros hijos. Ausentes pero muy presentes,  oyen cada una de esas palabras,  algunas nunca las han escuchado ni entenderán su significado pero generalmente las que les son familiares se quedan en su mente porque entienden que se refieren a ellos negativamente como una sentencia. 

 La tendencia de algunos profesionales es referirse a los pacientes con discapacidad como si no estuvieran presentes. En ocasiones ni siquiera los saludan o despiden ni dirigen un comentario o pregunta a su paciente pues preponderan la discapacidad por encima de la persona. Es decir,  para que hablarle al niño si no entienden, gran error;  las miradas son evaluativas, concluyentes y muy frías. En casi todas las ocasiones el trato es tan impersonal que nunca utilizan el nombre del niño y en la ráfaga de preguntas que nos hacen se refieren a nuestros hijos como “él”  “ella” o en el peor de los casos tenemos que indagar si la pregunta es acerca de nosotros o del niño.

 Cuantas veces nuestros hijos han escuchado lo mismo. Cuantas veces les han dictaminado que no hablaran,  o no serán “normales”, o no escribirán. Cuantas veces sentarse en un consultorio mina tanto sus corazones.

 Ponerse en el lugar de nuestros hijos es muy difícil,  lo he dicho antes, pero no es necesario tal ejercicio para entender lo mucho que duele que un desconocido te diga que no lograrás demasiado en la vida y que tus posibilidades son bastante reducidas,  es devastador tengas autismo o no. Falta de profesionalismo? Puede que no. Falta de humanidad? Seguramente. Pero esto no se aprende en la Facultad de medicina, la humanidad y la compasión se ejercitan fuera de las universidades y se debería practicar en los consultorios. Esperando que no se interponga la arrogancia de un título.

 Existe un curioso experimento donde se somete a dos plantas individualmente a discursos positivos y negativos.  La planta que recibió alentadoras palabras de optimismo desarrolló grandes hojas,  fuertes tallos y hermosas flores,  contrario a lo que sucedió con la planta objeto de palabras duras,  negativas e hirientes… no pasó del tamaño inicial e incluso se deterioró rápidamente.

 Por todo lo que implica he decidido que una vez finalice el examen médico o la entrevista con el profesional y antes que comience con su desalentador discurso,  mi hijo saldrá del consultorio. Suficientemente duro es para ellos ser consciente de su diferencia y sus dificultades como para que se lo repitan a cada rato.  Igualmente nosotros como padres debemos manejar un lenguaje positivo y evitar caer en dramatismos innecesarios.

Sea oportuno también aplicar esta premisa para el entorno familiar,  escolar o social. Educar a las personas no es fácil pero podemos sentar un precedente y romper viejos prejuicios. Nuestros hijos nos lo agradecerán.

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